PAN

Principios y Proyecciones

PRINCIPIO DE DOCTRINA
Aprobado por la Asamblea Constituyente en sus sesiones del 15 y 16 de septiembre de 1939.

NACION

La Nación es una realidad viva, con tradición propia varias veces secular, con unidad que supera
toda división en parcialidades, clases o grupos, y con un claro destino

El interés nacional es preeminente; todos los intereses parciales derivan de él o en él concurren.
No pueden subsistir ni perfeccionarse los valores humanos si se agota o decae la colectividad, ni
ésta puede vivir si se niegan los valores personales.
La vida de la Nación, el cumplimiento de su destino, la posibilidad de crear y mantener en
ella condiciones espirituales y físicas adecuadas para una convivencia civilizada y noble, son
incompatibles con el establecimiento o la conservación de un estado social desordenado o injusto,
como lo sería fatalmente el que parta de toda negación de la dignidad de la persona humana o
de la proclamación de una necesaria división violenta de la unidad nacional por la lucha de clases,
castas o parcialidades.

Cuanto vigorice la unidad nacional, acendre y fortalezca los valores tradicionales que dan forma
y sentido a la Nación, y coordine y jerarquice justamente los intereses parciales en el interés
nacional, debe tener el apoyo pleno de la colectividad y de sus órganos. Cuanto conspire a romper
esa unidad, a deformar su carácter o a desquiciar esos intereses, ha de ser rechazado y combatido
por todos.

El desarrollo interno de México, su verdadera independencia y su colaboración eficaz en la
comunidad internacional, dependen fundamentalmente de una celosa conservación de la peculiar
personalidad que nuestra Nación tiene como pueblo Iberoamericano, producto de unificación
racial y ligado esencialmente a la gran comunidad de historia y de cultura que forman las Naciones
Hispánicas.

PERSONA

La Nación no está formada por individuos abstractos ni por masas indiferenciadas, sino por
personas humanas reales, agrupadas en comunidades naturales, como la familia, el municipio, las
organizaciones de trabajo o de profesión, de cultura o de convicción religiosa.

La persona humana tiene una eminente dignidad y un destino espiritual y material que cumplir,
por lo que la colectividad y sus órganos deben asegurarle el conjunto de libertades y de medios
necesarios para cumplir dignamente ese destino.

ESTADO

La opresión y la injusticia son contrarias al interés nacional y degradantes de la persona. Resultan
de que el Poder se ejerza para fines que no le son propios o por un Gobierno que no sea expresión
auténtica de la colectividad.

Sólo pueden ser evitadas mediante el recto ejercicio de la autoridad, que no es el capricho de un
hombre o de un grupo, sino que tiene por fin la realización del bien común, que simultáneamente
implica la justicia y la seguridad, la defensa del interés colectivo y el respeto y la protección de la
persona.

Las doctrinas que fincan la solución de los problemas sociales en la lucha de clases, son
falsas, inhumanas y contrarias a las leyes más fundamentales de la vida social. Es antisocial y
monstruosamente injusta la concepción del Estado como instrumento de lucha al servicio de una
clase social cualquiera que sea, para destrucción o dominación de las demás. Necesidad de la
Nación es la justicia social, no la lucha de clases, y el Estado debe enfrentarse a todo desorden de
la sociedad y a toda injusticia en cuanto constituyan el motivo y la causa de las luchas sociales.

Tienen responsabilidad en el desencadenamiento de éstas, los que pretenden fomentarlas y los
que aspiran a abolirlas sin eliminar sus causas.

Es también reprobable cualquier otra forma del Estado que niegue las prerrogativas esenciales de
la persona y de las comunidades naturales y erija sus determinaciones en fuente única de derecho
y en definición del bien común.

Sólo un Estado que sea verdaderamente nacional y proceda con sincero apego a estos principios,
puede tener la necesaria plenitud de autoridad, sin ser tiránico; ejercer ampliamente sus
facultades de gestión, sin ser opresor, y cumplir su inexcusable deber de justicia, sin ser
subversivo.