Hace unos días, un usuario anónimo se tomó la amabilidad de dejar un comentario sobre el post que reproduce el Decálogo del Populismo de Enrique Krauze, el escrito fue el siguiente:

“el término también se puede entender positivamente: si partimos de la raíz “populus”, populista sería aquella persona que se hace solidaria con el pueblo, con la gente sencilla, de la calle, la gente que aborda el camión a las 5:30 am para ir a la fábrica para recibir el sábado un salario de 700 pesos y que tiene que mantener a su familia de 4 o 5 integrantes. Desde esta perspectiva, ser populista es una virtud… Cuando un servidor social no es populista, entonces a la gente del “pueblo” no sirve sino se sirve de ellos, los explota y, por fin, el ver a alguien “populista” le exaspera, le molesta, se siente incómodo. Quiere que todos sean como él…”

Bueno, pues la verdad le podríamos dar cualquier otra acepción, por ejemplo: al partir de la raíz “populus” pudiéramos también derivar que “le gusta lo de el pueblo” osea el futbol y las tortillas y eso lo hace una virtud, así que cuando un gobernante no le gusta el futbol estalla en cólera y al ver a Hugo Sánchez se siente incómodo y quiere que todos seamos iguales.

También pudiéramos traducirlo como un ente marciano, pero igual y estaríamos hablando de cosas diferentes y no nos serviría saber español.

En la idéa más básica del término, populista se refiere a alguien que se dice inspirado por el pueblo y en donde el pueblo es objeto constante de sus discursos. La tradición populista en México, por ejemplo, es reconocida como iniciada por Luis Echeverría. La experiencia populista en A.L. no es un modelo novedoso y sus resultados históricos pueden ser observados.

Ahora bien, la realidad es que cuando se habla de populista precisamente se hace utilizándolo para describir los vicios que atinadamente el Sr. Krauze enumera.

Al final de cuentas el término populista no implica que el sujeto “se solidarice” con el pueblo, pero se entiende que esta sea la apariencia buscada por el mismo precisamente para legitimar su ejercicio del poder, incluso a costa de las instituciones.