Hace unos días empezaba una de las no pocas discusiones políticas con mis amigos, y uno de los primeros comentarios fue “votaré por tal candidato por que es el menos malo”. La pequeña escaramuza la originó mi comentario de que lo más fácil para alguien es decir “es el menos malo”.

“Es el menos malo” resume a priori la intención de no dar argumentos a favor de nadie y la nada racional expectativa en que un buen candidato tiene que dar respuesta a todas las necesidades del cargo para no convertirse en uno de “los malos”.

La solución para no caer en “El menos malo” a mí entender es la siguiente:

1.- No esperes ilusamente un caudillo mesiánico, no lo existe.

2.- Empieza por definirte qué es lo bueno y lo malo para el país (o el área de gobierno del caso)

3.- Contrasta al candidato con tu expectativa 2 de lo bueno y lo malo.

En este sentido, si ni siquiera te has puesto a pensar qué es lo que se necesita para el cargo a elegir, cualquier comentario descalificativo lo tendrás que hacer en relación a lo simpático del personaje a votar y eso te llevará derechito a esperar un mesías político.

Probablemente encuentres que un candidato representa algunas de las ideas que consideras necesarias cubrir en el puesto y se encuentre dentro de los limites considerables y aceptables de positivos vs negativos, entonces ese será para tí un buen candidato.

Ahora bien, ya seguí el 1-2-3 y comoquiera ninguno cumple con mis expectativas, entonces mi “El menos malo” se escuchará igual de simplón pero al menos tendré argumentos fundamentados más allá del maniqueísmo fácil.

Me quedo con la idea de que un público sin ideas claras propiciará un gobierno sin ideas claras y un país igual.