Y en un año…¿qué?

Eduardo Higuera Bonfil

Dentro de un año habrán pasado las elecciones “más grandes y complejas” de la historia de México y el balance de poder entre las fuerzas políticas nacionales se habrá modificado. Esto dará forma a la segunda mitad del sexenio obradorista, para bien o para mal.

Para aquellos que no ven con buenos ojos al presente gobierno, 2021 se presenta como la gran oportunidad de detener la aplanadora guinda de Morena, una resurrección tras la hecatombe que los demás partidos políticos sufrieron en los comicios presidenciales de 2018.

Para aquellos que se ven así mismos como “San Jorges”, futuros aniquiladores del dragón de palacio nacional, se presentan dos problemáticas que necesitan resolver. Primero, armar una campaña coherente, eficaz y creíble que supere la adversa percepción de la gente. En segundo lugar, demostrar que son demócratas.

En cuanto a la campaña un paseo por las redes sociales basta para constatar que se encuentran llenas de mensajes totalmente aspiracionales en los que se habla de “recuperar el Congreso” y detener a la 4T, al presidente y al partido que fundó antes de que algo peor suceda. Sin embargo, no he encontrado en ningún caso posiciones propositivas, liderazgos evidentes, programas alternativos de nación o narrativas que se distingan y no se dejen llevar por la agenda que se dicta en cada mañanera.

Bajo este panorama es muy difícil pensar que se logren resultados de gran calado en las urnas ya que el gobierno y sus futuros candidatos se encuentra cohesionado alrededor de un discurso más o menos homogéneo y una figura central, la del presidente y líder, que aglutina la atención de todos los medios y es, sin duda, el político de mayor presencia en la mente de todos los mexicanos.

A esto debemos sumar que la clase política tradicional se ganó a pulso la repulsa de la sociedad. La imagen de una camarilla corrupta, que pone sus intereses particulares por encima de los de la nación y sin pizca de ética ni moral continúan vigentes en un gran segmento de aquellas personas que votarán en junio del año entrante.

Esto genera problemas a nivel de discurso e imagen. ¿Quiénes “recuperaremos el congreso”?, ¿serán los grupos manchados de sospechas y acusaciones del pasado?, ¿los whitexicans?, ¿la sociedad civil que nunca lo ha poseído o el pueblo bueno y sabio que culminará lo iniciado en 2018?, ¿a quiénes representan estos adalides que buscan tomar el control del Congreso del Unión? Desde el planteamiento discursivo se encuentran huecos y retos enormes, los cuales parecen no ser percibidos por la oposición.

Esto lleva justo a otro punto, la falta de liderazgos realmente visibles entre la oposición que puedan ser opciones electorales competitivas, así como el tremendo ataque al que son sometidos aquellos que pudieran serlo, como Alfaro o Corral.

A hora bien, aunque parece aumentar de forma importante el número votantes arrepentidos de haber extendido su apoyo al candidato presidencial Obrador, parece que estos votos se encuentran condenados a la pulverización entre las diferentes opciones partidistas y candidatos independientes lo que disminuirá su efecto de debilitamiento del carro completo, a menos que se operen alianzas amplias entre los contendientes.

No obstante lo anterior, para mí la verdadera cuestión de fondo no gira en torno al tamaño del reto que enfrentarán los candidatos opositores vs la planadora guinda, sino qué harán tras las votaciones.

Una vez superada la etapa de las propuesta y programas, cuando las campañas concluyan y los votos hayan sido emitidos vendrá la gran prueba democrática para todos aquellos que se embarquen en ellas: aceptar el resultado y acatar lo dictado por los votos. Dicho de otro modo, demostrar que realmente son demócratas.

Al final, se trata de una trampa discursiva que han construido a cuatro manos con AMLO. Si la oposición pierde habrán legitimado el proyecto de la 4T, quizá hasta al punto de fortalecerlo, y deberán aceptarlo sin marchas, intentos de romper el orden normativo o resistencias pacíficas que tanto criticaron al actual presidente.

No olvidemos que los mexicanos contamos con un barroco, pero eficiente sistema electoral que nos proporciona un alto nivel de confiabilidad sobre la organización y los resultados que arrojan los comicios. Por esto es razonable pensar que no se cometerán fraudes ni atropellos a lo que los ciudadanos decidan en las urnas en un año. Si no hay ningún hecho realmente escandaloso en los próximos meses, esta es la seguridad con la que podremos llegar a las elecciones intermedias y el candado que tiene la oposición, auto impuesto si quiere seguir siendo vista como una opción democrática.

Lo mismo sucede para el gobierno, aunque el costo podría ser menor. Al final son casi 18 años de gritar fraude cada vez que no se lograba el triunfo, quizá esa tentación pos campaña siga arraigada en el ejecutivo, como tantas otras.

Así que la duda queda…¿y en un año qué?

#InterpretePolitico

@HigueraB

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