Grandezas y miserias ante la pandemia

Gramática Parda

Por Ariel González

Desde siempre, las pandemias muestran los mismos paisajes y, sobre todo, la misma grandeza y miseria de la especie humana. Samuel Pepys, un curioso inglés del siglo XVII, quien apuntó en su famoso Diario algunas escenas de la peste de 1665 en Londres, registraba ya algo de lo que podemos ver hoy en todas partes: “¡Qué cosa más triste es ver las calles sin gente, y muy pocas personas en el Change! Es terrible que cada puerta que uno mira está cerrada por miedo a la peste, y de cada tres tiendas, dos por lo menos están cerradas”.

Pero es en lo que hace a la conducta humana en donde Pepys percibe lo más infame de esos tiempos que, como podemos constatar hoy, nunca hemos superado:

“Salí y fui paseando hasta Greenwich, encontrando en el camino un ataúd con un cadáver dentro, muerto de la peste, colocado en un callejón perteneciente a la granja de Coome, que fue llevado anoche, y la parroquia no había autorizado a enterrar ahí ningún cuerpo; pusieron un centinela día y noche, para que nadie pudiera pasar por allí; esta enfermedad nos hace más crueles con nuestros semejantes que lo que lo somos con los perros”.

Sabemos que el Covid 19 no es como la peste, pero muchos hombres en México y en todo el mundo se comportan ante la enfermedad con la misma ignorancia, egoísmo, rapacería y bajeza que las hordas más miserables de los siglos XIV o XVII.

Hemos visto de todo: trogloditas que amenazan con incendiar un hospital si este atiende a enfermos de coronavirus (en Morelos); canallas que amenazan a doctores y enfermeras al regresar a sus domicilios por temor a que los contagien (Argentina); empresarios socios del gobierno sirviéndose de sus privilegios y obligando a sus empleados a no dejar de trabajar (Salinas Pliego a la cabeza); gobernantes que minimizaron la pandemia y que luego cayeron enfermos (Boris Johnson); gobernadores grotescos y enriquecidos inexplicablemente que suponen que el virus no ataca a los pobres (Miguel Barbosa);  acaparadores de alimentos e insumos médicos y de higiene de primera necesidad; o nacionalistas exaltados (en España) que insultan y escupen al ejército mientras este limpia las calles.

En contrapartida, la solidaridad y lo mejor de la condición humana también, por suerte, han hecho su aparición. Los médicos y enfermeras que se contagiaron por no disponer del equipo adecuado en el IMSS (y que aun así realizaron su trabajo) o los colegas suyos que continúan laborando en condiciones lamentables, son ejemplo de ello. Todos los que han apoyado de un modo u otro a los más necesitados y vulnerables en medio de la contingencia; los que han distribuido tapabocas, agua, jabón, alimentos…

El recuento de la valerosa solidaridad ciudadana no es pobre. Pero como en otras ocasiones, la sociedad está entendiendo que no la respalda el gobierno, ni frente a la contingencia ni tampoco ante los primeros efectos del desastre económico. El rumbo, las decisiones y acciones del gobierno de López Obrador se separan cada vez más de lo que en conjunto convendría al país y, paradójicamente, en la parte económica se parecen mucho a las de algunos de sus odiados neoliberales: mantener la disciplina fiscal y contener el gasto público, como premisas básicas.

Las cosas se están aclarando del modo más funesto: el gobierno morenista pretende mantener a toda costa su clientela electoral a través de sus programas sociales, mientras todos vemos cómo desaparecen cientos de miles de empleos (más de 300 mil en tan solo dos semanas, los mismos que se crearon a lo largo del año pasado). Al mismo tiempo, dilapida un importante presupuesto para mantener a flote a Pemex (cuya quiebra es patente) y proseguir con sus principales obras, mientras deja sin apoyos a las pequeñas y medianas empresas que son las que producen el mayor número de empleos.

En sus conferencias mañaneras el Presidente insiste en su buena relación con los empresarios, pero en los hechos la distancia comienza a ser abismal entre su gobierno y estos que son, recordémoslo, los responsables del 86 por ciento de la inversión.

Por si fuera poco, la violencia no ha hecho sino aumentar (marzo fue atroz en este renglón) y todo indica que en medio de la crisis en marcha los crímenes y delitos repuntarán en los próximos meses y años sin que el gobierno sea capaz de contenerlos.

La peor parte de la pandemia (que apenas está por venir) estará acompañada por una profunda crisis económica cuyos alcances están aún por ser evaluados, pero que en todo caso se traducirán en un enorme desempleo y un retroceso generalizado en nuestro desarrollo. Comprendo que para la sordera y ceguera gubernamentales estos pronósticos (que no son míos, sino de expertos) resulten despreciables y se los tome como parte de una campaña conservadora. La fobia a los hechos no es nueva en México: ya ilustres antepasados políticos del presidente en turno, como Luis Echeverría o José López Portillo creían que la crítica a sus (calamitosas) decisiones era propia de los “emisarios del pasado”, de los “agoreros del desastre” o de “los enanos del tapanco”.

La historia los puso y los seguirá poniendo en su lugar.

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